En un lejano lugar, retacado de nopales, el Arquitecto de Arquitectos ideó construir un espacio singular. Pensó que era tiempo de que las orugas aprendieran a ser mariposas, porque hasta ese momento sólo lo hacían de manera empírica por aquellos desérticos lugares. Había pues que formar una escuela que tuviera la fuerza de imponer un método, organizar las teorías y reglamentar todas las leyes de la naturaleza por las que los simples gusanos cambiaban su forma para convertirse en algo más. Así, el Arquitecto construyó un hermoso palacio en colores cálidos y formas circulares, adecuado para el óptimo mejoramiento de las orugas, consiguió para esto los más finos materiales, le dio un diseño óptimo para que la luz no faltase nunca y para que se pudieran tomar fotografías desde todos los ángulos; consiguió además, personal docente intachable para tan delicada misión.
Con la escuela terminada, quedaba sólo una cuestión fundamental e imprescindible: escoger a las afortunadas orugas que tendrían la dicha y el honor de ser educadas por el distinguido cuerpo del Colegio de Orugas Libres Superándose como Auténticas Mariposas, o COLSAM, por sus siglas. La selección fue ardua; cada año llegaban todo tipo de gusanos, desde los que parecían insignificantes, feos y rastreros, hasta los que aparentemente estaban a un paso de ser mariposas. Los hicieron correr, nadar y saltar para ver su resistencia física, también tuvieron pruebas psicométricas, porque había que asegurarse de que los elegidos no morirían de estrés en el intento por convertirse en mariposas. Después de muchas pruebas y varios años de trabajo transformando orugas en mariposas, para el quinto año se decidió escoger a trece gusanitos, bastante jóvenes, simpáticos y llenos de vida.
Pero aún no eran alumnos del plantel, eran preseleccionados que habían de pasar por una última experiencia, consistente en pasar tres semanas bajo la estricta supervisión de los profesores del plantel. Estos fueron los días más pesados para las pobres orugas escogidas. Había siete gusanas hembras y seis gusanos machos; las gusanas pasaron una angustia escandalosa para sus pobres cuerpecillos, tanto ejercicio les hizo perder peso, cabello, tranquilidad y lo sonrojado de las mejillas. Para los orugos, la presión no fue más ligera, sólo que ellos no hablaban de sus síntomas. Pero lo que más les molestaba era la soledad. El primer bichito que decidió salirse, fue por sus propias patas, un orugo que venía de allende el mar. Había tenido que dejar a su familia y les extrañaba bastante, así que un día, cansado de la coacción, tomó sus cosas y partió sin decir adiós a sus compañeros. El siguiente en partir, fue otro orugo que se sintió vejado y atacado, pensó que las exigencias eran demasiadas y un día, así sin más, también tomó sus pertenencias y se marchó del lugar.
Quizás el principal problema que hizo partir a estos dos orugos, fue una práctica terrorista a la que fueron sometidos. El hecho de repetirles constantemente que no eran aún orugas en transformación, sino que eran aún unos simples gusanos, era lo que más tensión ponía. Muchos orugos habían dejado todo lo que tenían y lo que eran por seguir su sueño de ser mejores mariposas; por lo que cada vez que escuchaban que podrían ser deportados por no cumplir las expectativas, se ponían a temblar desconsolados imaginando lo peor: volver a sus lugares de origen llenos de la vergüenza de la derrota, tener que soportar el “te lo dije” de padres, amigos, vecinos, se había convertido en terror nocturno. Por lo que permanecer allí era cuestión de honor, de superar sus complejos de oruga al demostrar que podían con el reto.
Las once orugas que quedaron, se fueron haciendo más unidas. Sabían que la única manera de subsistir y cumplir sus sueños, era ayudarse para pasar los exámenes. Aunque todas eran diferentes pues pertenecían a distintos lugares y especies, tenían algunos rasgos en común como su tenacidad y su tolerancia. Había orugas dicharacheras que vivían un poco más relajadas y otras más maduras que pensaban que el trabajo era lo más importante. Pero también había orugas matadas, sensibles, depresivas, alegres, infantiles, bipolares, calladas, flojas, pero todas, con una pizca de solidaridad, compañerismo y buena voluntad. Como pudieron, (más flacas y ojerosas) concluyeron el programa en aquellas intensas tres semanas. Pero llegó, nuevamente, la escalofriante hora de una nueva selección.
Todo esto hizo que las despedidas fueran difíciles. La guillotina cayó sobre dos oruguitas listas pero quizás, menos tenaces, según informaron las autoridades. Al resto, no les quedó más que aceptar la decisión y continuar en el camino a la perfección. Quedaron siete orugas y sólo dos orugos que poco a poco entendieron que las técnicas coercitivas habían pasando de moda. Una vez sintiéndose alumnos, todas las orugas se calmaron un poco, recuperaron su salud y nervios maltrechos para concentrarse en aquella ardua labor que los había convocado: convertirse en hermosísimas mariposas.
Como todas eran diferentes, cada quien buscaba un decorado especial en sus alas aunque fue posible conformar tres grupos según sus intereses. El primero fue el de las orugas barrocas, que anhelaban alas en claroscuros con matices de profundidad; las románticas, inspiradas en pinceladas de color, deseaban texturas infinitas; por último, las modernas que buscaban lo más actual en tinturas, texturas, tramas y secuencias. Todas fueron encaminando sus movimientos a conseguir su sueño.
Sus primeros intentos fueron guiados por expertas mariposas que les mostraron las técnicas más avanzadas en el tejido de capullos, y así cada uno inició la manufactura de sus entonces frágiles envoltorios, ayudado cada cual con las puntadas de una mariposa experimentada en la confección de las alas adecuadas a los intereses de los gusanos en transformación. Los expertos insectos ayudaron también a sus pupilos mostrándoles cómo volar a tierras lejanas, y así, algunos de los incipientes gusarapos fueron dirigidos por sus maestros a los extremos últimos de la tierra, lugares en donde compartieron con otras versadas mariposas de especies distantes y así vieron cómo se vuela desde los puntos más lejanos del orbe y los diferentes comportamientos el viento bajo la libertad de las alas abiertas.
De regreso de sus ricas experiencias, los gusanos volvieron con el bagaje de la distancia y continuaron en la confección de sus capullos, ahora más luminosos y estructurados. Lograron en ellos una solidez que les representó la seguridad de que en la metamorfosis sus cuerpos adquirirían la fuerza y ligereza necesarias para los lejanos vuelos que emprenderían posteriormente. Así, esperanzados en adquirir sus alas, entraron gustosos en sus capullos y en ellos se sucedió la magia más sorprendente de su proceso. Tesis fundamental de la metamorfosis fue el surgimiento de esas alas y al tiempo, nunca mucho, nunca poco, siempre adecuado a la naturaleza individual de los que en este punto eran gusanos-mariposas, cada cual fue saliendo de su capullo, a la vista de los tutores que les veían nacer como nuevas mariposas.
Pero fieles a su condición de orugas, necesitaban la aprobación de quienes ya eran mariposa, así que, al cabo de un tiempo considerable, todas se presentaron ante sus respectivos jurados para buscar el voto de consentimiento. Daba gracia verlas, con su temor natural, sus alitas paliduchas por la inseguridad y sus caritas de “no me creo ser mariposa” enfrente de sus familias. En realidad, no cabían de la alegría de haber concluido, tanto, que utilizaron lo que les quedó de tiempo para idear un cuentecillo donde contaran sus penurias a manera de exorcismo liberador. Aquellas orugas temerosas, partían de la institución que las acogió con dos alas, apenas perceptibles para el ojo entrenado, con amigos nuevos, y motivadas para conseguir las suficientes horas de vuelo como para adquirir prestigio y experiencia. Las otrora simpáticas larvillas partieron con la ilusión de que algún día, innovarían algunas técnicas en la metamorfosis.
Múltiples autores
* Este texto tuvo una factura singular y lo comparto porque creo que el resultado es interesante. Hubo nueve muchachos que se graduaban de la Maestría en Historia en El Colegio de San Luis y pensaron en su discurso de salida, quisieron que fuera original y este texto es el resultado. En primer momento fue escrito y estructurado por Lizbeth Castillo Farjat, luego fue corregido y reestructurado por Jonatan Gamboa con la colaboración de aportes, ideas y sugerencias de argumento de Amor Mildred Escalante, Urenda Navarro, Juana Elizabeth Salas Hernández, Andrés Tiscareño Muñoz y Jacinta Toribio Torres y el apoyo y aceptación de Mónica Pérez Navarro y Lourdes Uribe Soto, que en conjunto conformaban ese grupo. Es una suerte de de cadáver exquisito narrativo.
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