¿Para qué insistir? Yo lo veía gritando una añoranza quieta en cada bit que subía a la Internet, lo leía sufrir llamando su atención, dando esa lástima que se exponenciaba por lo virtual, llenando de su pusilánime llanto las pocas almas que se regodeaban en risas y burlas, algunas mías, alejándose cada vez más de todo lo que pudo haber sido ser su vida, si hubiera dejado de lamerse inútilmente, como cualquier animal moribundo en el acotamiento de alguna carretera solitaria.
Allí lloraba, pero en las noches de fiesta fingía ser como nosotros, aún después de haber llenado de tweets y comentarios lastimeros nuestras bandejas y páginas de inicio, era ridículo verlo pavonearse por los bares como si fuera un ser social, yo me detenía a veces para escudriñar sus ojos y efectivamente se asomaban en ellos las venas de su tristeza. Todos callábamos y sólo algunos le dieron algún grado de importancia a sus dichos, nunca ante él, era tan insignificante, que sólo los voyeur como yo seguíamos con atención su trayectoria de pesadumbres.
Por eso supe que ella nunca respondía, nunca había un “Me gusta” o un retweet que lo nombrara y él seguía etiquetándola y llamándola, mientras ella seguía con su vida, como lo haría cualquiera. Ella se cruzó conmigo alguna vez y tras tres citas inútiles, él nunca salió al tema, a pesar de ser un “amigo” en común, mientras tanto, él sólo me daba pena, luego asco, luego lo olvidé y dejé de frecuentar sus perfiles y de notar sus sandeces que seguían apareciendo de vez en cuando tras ingresar mi contraseña.
Cuando se fue, ni siquiera lo noté, hasta que un día frente a una cerveza, una chica lo mencionó lamentando su ausencia, afirmando cuánto lo quería y que él nunca la notó, que era un tipo misterioso y distante, un paria elegido, yo sólo esbocé una sonrisa burlona ante tal falacia, pues recordé lo simple que era su vida, que nunca vivió. Si tan sólo hubiera visto a esta chica atractiva dispuesta besarlo como él lo añoraba tanto, quizá ese día hubiera estado con nosotros en esa terraza humeante, con ella y ambos felices.
Pero no, prefirió irse llorando, como siempre y dejar, sin saberlo, una verdadera oportunidad de vivir una vida que sólo soñaba. Yo me burlé abiertamente cuando escuchaba tantos halagos para un tipo despreciable y la chica, ofendida, defendió su memoria y sus palabras y yo insistí en que mejor lo dejara morir como vivió, ignorado por ridículo, como ridícula fue su muerte. Ella seguía defendiéndolo y yo mejor callé, era inútil tener una discusión sobre un tema tan pueril.
Cuando se fue, dejo de ser necesario notarlo, pues hasta sus quejas más interesantes perdieron el sentido que tenían cuando demostró que sólo podía quejarse o morir, como si la vida se redujera a un fracaso simple, como si perder una vez acabara con los sueños, pero es inútil intentar que lo entiendan los dolientes, así que ¿para qué insistir?
Jonatan Gamboa