Archivo de octubre, 2008

oct 22 2008

Escribiendo

Publicado por Jonatan Gamboa en Poesía

un no sé qué que
queda balbuceando
Juan de la Cruz

Que no ande yo escribiendo con gerundio
me han estado diciendo
quiero yo seguir cantando
andando con los versos
que no dejan de estar terminando
 
¿Te estás cansando lector?
Sigue llenando de tu vida
concluyendo el poema en tí
eres tú el juez que estoy necesitando
no al poeta que sigue juzgando
juzgándose
explicando, utilizando
elevándose, vendiéndose
tratando de ser ese pequeño Dios que Huidobro sentenció

Jonatan Gamboa

Un comentario

oct 18 2008

Certidumbres

Publicado por Jonatan Gamboa en Poesía

Referencias sinuosas
sombras de esas dudas certeras
resquicios de recuerdos
          gritas
 
Soñar no esposible
tus luces se encieden
y opacan todos los sentidos
no son comunes nunca más
 
Refrendas el grito
cagas a medias
lloras a medias
comes a medias
creces a medias
sabes
         con tus certezas
sabes
 
Llega Él
las certidumbres brotan
referendas nuevamente el grito
el amor ya no importa
importa sólo la certeza
 
Sufres por tus certezas
amas tus certezas
buscas consuelo
 
El poeta no llora
ese canto ya no sirve
Él sí llora
 
El poeta ríe
se burla con sus propias certezas
de lo pueril de esas lágrimas
que siguen llorando un canto de niños
y al fondo te marchas
 
Llegas
búsqueda de consuelo
otro
     todos lloran
     todos aman
el poeta vomita
tú amas de nuevo
             sólo un instante
             de nuevo
 
Olvidas la certidumbre
otro ama
              un instante
Él sigue llorando
                          magdalena inútil de sus sentimientos
    ser vil opacado por sí mismo
 
Tu consuelo es suficiente
regresas
besas
amas
 
El poeta vomita tus certezas

Jonatan Gamboa

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oct 17 2008

Azul de noche

Publicado por Jonatan Gamboa en Poesía

He intentado no sentir mientras te toco
                     no amar tus senos que se yerguen ante mi vista
                     no llorar ante la convulsión
no vivo este momento sino a través
                                                        de sentir tu aroma
Tu rostro azul me indica que pase
se me inserta tu olor
busco silencio
                       me encuentro el cabello lacio
que causa estridencia en la piel
amor incierto
                     he de decirte
                                         cuán incierta me eres
Quisiera soltar en tus brazos
el canto del viejo perplejo
                                        sobre pupilas castañas
que se reflejan azules
                                  ante la luz reflectora del local
quisiese seguir besando
              continuar con tu rostro en mi pecho
                              escuchando tu silente llanto
                                                  tu humedad
pero llegó el momento de comenzar a mentir
                 el momento
                                    de salir al mundo hostil
                                    de regresar
He de olvidarte
                                                                            y tú a mí
                        no sin antes continuar amándote
                        en cien horas más
Mientras tanto
                       recuerdo
                                     la despedida fría
                                                               temerosa
                       llórame un minuto
                                    sólo un minuto
                                                            te pido
sólo para poder llorar mi partida
únicamente para enervar los labios que se estremecen
                   por no besarte más
mas el azul reflejo de tus ojos
                                   tu pelo
                                   tus labios
                              de la bombilla cercana
quedará en el texto
                              inerte
                                       seco
                                              indescifrable
no así tu nombre

Jonatan Gamboa

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oct 10 2008

Añoranzas quietas

Publicado por Jonatan Gamboa en Microficción

Ayer me encontré con tus formas en la Web; no eras tú, eran tus formas, no era una fotografía ni tu cabello lacio, ni tu cintura incógnita, me encontré con tus formas ocultas en las referencias de aquél que te ama. Eran tus formas porque estabas ausente. Recordé entonces cuánto afirmabas que no te escribiera, que no te cantara, que nunca querías ser referenciada, no sé porqué; así que cuando vi tus formas presentes y a ti ausente, deduje que ahí estabas y te recordé y te añoré.
     Entonces fui consciente de cómo no te conocí, nunca supe si preferías a Mafalda o a Kitty, si escuchabas Timbiriche o a Serrat, si era el progresivo o el surf, nunca lo supe; porque nunca nos amamos, sólo coqueteos intestinos más acercados a las sombras y a la ausencia, a esas formas infinitas de ocultarnos mutuamente por la pena de no querer conocernos en verdad.
     Sé cuánto te extraño porque añoro lo que no pasó y por ello sigo quieto, como tú, quieta.

Jonatan Gamboa

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oct 10 2008

Metamorfosis reglamentada

Publicado por Jonatan Gamboa en Cuento

En un lejano lugar, retacado de nopales, el Arquitecto de Arquitectos ideó construir un espacio singular. Pensó que era tiempo de que las orugas aprendieran a ser mariposas, porque hasta ese momento sólo lo hacían de manera empírica por aquellos desérticos lugares. Había pues que formar una escuela que tuviera la fuerza de imponer un método, organizar las teorías y reglamentar todas las leyes de la naturaleza por las que los simples gusanos cambiaban su forma para convertirse en algo más. Así, el Arquitecto construyó un hermoso palacio en colores cálidos y formas circulares, adecuado para el óptimo mejoramiento de las orugas, consiguió para esto los más finos materiales, le dio un diseño óptimo para que la luz no faltase nunca y para que se pudieran tomar fotografías desde todos los ángulos; consiguió además, personal docente intachable para tan delicada misión.
     Con la escuela terminada, quedaba sólo una cuestión fundamental e imprescindible: escoger a las afortunadas orugas que tendrían la dicha y el honor de ser educadas por el distinguido cuerpo del Colegio de Orugas Libres Superándose como Auténticas Mariposas, o COLSAM, por sus siglas. La selección fue ardua; cada año llegaban todo tipo de gusanos, desde los que parecían insignificantes, feos y rastreros, hasta los que aparentemente estaban a un paso de ser mariposas. Los hicieron correr, nadar y saltar para ver su resistencia física, también tuvieron pruebas psicométricas, porque había que asegurarse de que los elegidos no morirían de estrés en el intento por convertirse en mariposas. Después de muchas pruebas y varios años de trabajo transformando orugas en mariposas, para el quinto año se decidió escoger a trece gusanitos, bastante jóvenes, simpáticos y llenos de vida.
     Pero aún no eran alumnos del plantel, eran preseleccionados que habían de pasar por una última experiencia, consistente en pasar tres semanas bajo la estricta supervisión de los profesores del plantel. Estos fueron los días más pesados para las pobres orugas escogidas. Había siete gusanas hembras y seis gusanos machos; las gusanas pasaron una angustia escandalosa para sus pobres cuerpecillos, tanto ejercicio les hizo perder peso, cabello, tranquilidad y lo sonrojado de las mejillas. Para los orugos, la presión no fue más ligera, sólo que ellos no hablaban de sus síntomas. Pero lo que más les molestaba era la soledad. El primer bichito que decidió salirse, fue por sus propias patas, un orugo que venía de allende el mar. Había tenido que dejar a su familia y les extrañaba bastante, así que un día, cansado de la coacción, tomó sus cosas y partió sin decir adiós a sus compañeros. El siguiente en partir, fue otro orugo que se sintió vejado y atacado, pensó que las exigencias eran demasiadas y un día, así sin más, también tomó sus pertenencias y se marchó del lugar.
     Quizás el principal problema que hizo partir a estos dos orugos, fue una práctica terrorista a la que fueron sometidos. El hecho de repetirles constantemente que no eran aún orugas en transformación, sino que eran aún unos simples gusanos, era lo que más tensión ponía. Muchos orugos habían dejado todo lo que tenían y lo que eran por seguir su sueño de ser mejores mariposas; por lo que cada vez que escuchaban que podrían ser deportados por no cumplir las expectativas, se ponían a temblar desconsolados imaginando lo peor: volver a sus lugares de origen llenos de la vergüenza de la derrota, tener que soportar el “te lo dije” de padres, amigos, vecinos, se había convertido en terror nocturno. Por lo que permanecer allí era cuestión de honor, de superar sus complejos de oruga al demostrar que podían con el reto.
     Las once orugas que quedaron, se fueron haciendo más unidas. Sabían que la única manera de subsistir y cumplir sus sueños, era ayudarse para pasar los exámenes. Aunque todas eran diferentes pues pertenecían a distintos lugares y especies, tenían algunos rasgos en común como su tenacidad y su tolerancia. Había orugas dicharacheras que vivían un poco más relajadas y otras más maduras que pensaban que el trabajo era lo más importante. Pero también había orugas matadas, sensibles, depresivas, alegres, infantiles, bipolares, calladas, flojas, pero todas, con una pizca de solidaridad, compañerismo y buena voluntad. Como pudieron, (más flacas y ojerosas) concluyeron el programa en aquellas intensas tres semanas. Pero llegó, nuevamente, la escalofriante hora de una nueva selección.
     Todo esto hizo que las despedidas fueran difíciles. La guillotina cayó sobre dos oruguitas listas pero quizás, menos tenaces, según informaron las autoridades. Al resto, no les quedó más que aceptar la decisión y continuar en el camino a la perfección. Quedaron siete orugas y sólo dos orugos que poco a poco entendieron que las técnicas coercitivas habían pasando de moda. Una vez sintiéndose alumnos, todas las orugas se calmaron un poco, recuperaron su salud y nervios maltrechos para concentrarse en aquella ardua labor que los había convocado: convertirse en hermosísimas mariposas.
     Como todas eran diferentes, cada quien buscaba un decorado especial en sus alas aunque fue posible conformar tres grupos según sus intereses. El primero fue el de las orugas barrocas, que anhelaban alas en claroscuros con matices de profundidad; las románticas, inspiradas en pinceladas de color, deseaban texturas infinitas; por último, las modernas que buscaban lo más actual en tinturas, texturas, tramas y secuencias. Todas fueron encaminando sus movimientos a conseguir su sueño.
     Sus primeros intentos fueron guiados por expertas mariposas que les mostraron las técnicas más avanzadas en el tejido de capullos, y así cada uno inició la manufactura de sus entonces frágiles envoltorios, ayudado cada cual con las puntadas de una mariposa experimentada en la confección de las alas adecuadas a los intereses de los gusanos en transformación. Los expertos insectos ayudaron también a sus pupilos mostrándoles cómo volar a tierras lejanas, y así, algunos de los incipientes gusarapos fueron dirigidos por sus maestros a los extremos últimos de la tierra, lugares en donde compartieron con otras versadas mariposas de especies distantes y así vieron cómo se vuela desde los puntos más lejanos del orbe y los diferentes comportamientos el viento bajo la libertad de las alas abiertas.
     De regreso de sus ricas experiencias, los gusanos volvieron con el bagaje de la distancia y continuaron en la confección de sus capullos, ahora más luminosos y estructurados. Lograron en ellos una solidez que les representó la seguridad de que en la metamorfosis sus cuerpos adquirirían la fuerza y ligereza necesarias para los lejanos vuelos que emprenderían posteriormente. Así, esperanzados en adquirir sus alas, entraron gustosos en sus capullos y en ellos se sucedió la magia más sorprendente de su proceso. Tesis fundamental de la metamorfosis fue el surgimiento de esas alas y al tiempo, nunca mucho, nunca poco, siempre adecuado a la naturaleza individual de los que en este punto eran gusanos-mariposas, cada cual fue saliendo de su capullo, a la vista de los tutores que les veían nacer como nuevas mariposas.
     Pero fieles a su condición de orugas, necesitaban la aprobación de quienes ya eran mariposa, así que, al cabo de un tiempo considerable, todas se presentaron ante sus respectivos jurados para buscar el voto de consentimiento. Daba gracia verlas, con su temor natural, sus alitas paliduchas por la inseguridad y sus caritas de “no me creo ser mariposa” enfrente de sus familias. En realidad, no cabían de la alegría de haber concluido, tanto, que utilizaron lo que les quedó de tiempo para idear un cuentecillo donde contaran sus penurias a manera de exorcismo liberador. Aquellas orugas temerosas, partían de la institución que las acogió con dos alas, apenas perceptibles para el ojo entrenado, con amigos nuevos, y motivadas para conseguir las suficientes horas de vuelo como para adquirir prestigio y experiencia. Las otrora simpáticas larvillas partieron con la ilusión de que algún día, innovarían algunas técnicas en la metamorfosis.

Múltiples autores

* Este texto tuvo una factura singular y lo comparto porque creo que el resultado es interesante. Hubo nueve muchachos que se graduaban de la Maestría en Historia en El Colegio de San Luis y pensaron en su discurso de salida, quisieron que fuera original y este texto es el resultado. En primer momento fue escrito y estructurado por Lizbeth Castillo Farjat, luego fue corregido y reestructurado por Jonatan Gamboa con la colaboración de aportes, ideas y sugerencias de argumento de Amor Mildred Escalante, Urenda Navarro, Juana Elizabeth Salas Hernández, Andrés Tiscareño Muñoz y Jacinta Toribio Torres y el apoyo y aceptación de Mónica Pérez Navarro y Lourdes Uribe Soto, que en conjunto conformaban ese grupo. Es una suerte de de cadáver exquisito narrativo.

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oct 08 2008

La ética católica y el espíritu del barrio

Publicado por Jonatan Gamboa en Cuento

La quieta calle donde el eco dijo ¡tuya es su vida, tuyo es su querer!
Bajo el burlón mirar de las estrellas que con indiferencia hoy me ven volver
Carlos Gardel y Alfredo Le Pera, Volver

 Las lluvias mojando un adoquín terroso con lodo fragante, traen recuerdos más bien secos de la casa de la abuela, los subterfugios para jugar a las canicas y las posadas donde todos ostentaban roles bien definidos –yo era el de la pandereta– con olor de ponche y el sudor de los primos que configuraban mi mundo decembrino año con año.
     Mi espacio era entonces el de la casa, La Casa, si he de decir bien, porque también estaba mi casa, la de dormir con papás y hermano, pero ese era un lugar al que sólo se llegaba de noche por esos años y por lo tanto, el espacio de convivir y aprender a construir teatros de títeres y marionetas, era con la abuela y un muy lejano abuelo que recuerdo fumando en su sillón mientras leía los libros que al final me fueron heredados y que configuraron mi primigenia biblioteca. Los abuelos, sin saberlo, me heredaron un manantial de risas de mi hijo ante el ruido de las hojas rompiéndose tras un breve descuido en mi estudio, paradójico día.
     Luego, el espacio era una casa entonces gigantesca de dos patios y un prohibido techo para tender, del que la abuela contaba trágicas historias de descalabrados y muertes de familiares ignotos, que siempre dudé que existieran. Era también ese espacio un cuartucho al fondo de la casa, que mis padres contaban fue mi primer hogar y que albergaba un tenebroso ropero con dragones que hoy mi madre, ya sin dragones, guarda celosamente en su alcoba lleno de fotos y chácharas inservibles. El espacio era también el de la cancha de tierra a media cuadra, yendo por el callejón, donde ídolos barriales exacerbaban los ánimos del público dominical y luego bebían prohibidos néctares caguameros que fueron causa de las primeras travesuras malintencionadas de los primos.
     Una familia grande y un espacio pequeño pero infinito que se configuraba en frentes de guerra, canchas de fut y básquet, lugar de peregrinos, teatros para las actuaciones familiares –¡cómo las extraño!–, escenarios televisivos donde siempre se tenía que ganar un lugar para ver al Chavo y decenas de transformaciones más que conforman mi añoranza de lo infantil.
     El espacio era ése y no más; pero, ¿para qué más?, eso era todo lo que se necesitaba en cualquier tarde para ver llorar a la abuela con las novelas, para entrar a escondidas al cuarto de mi tío y ver sus escopetas en las paredes, para correr en un circuito interminable hasta la hora en la que los pajarillos de cuerda anunciaban al chocolate caliente y las conchas, para mil fantasías más siempre nuevas, pero con sabor a rutina. Siempre éramos muchos niños ahí, los primos y los vecinos que arrojaban globos con agua desde la azotea de la casa de atrás, pero de los que siempre nos vengábamos al no juntarlos en la cascarita.
     Pero un recuerdo se aviva, el que más, el de las infaltables nueve posadas de peregrinos, cantos y rosarios. Ésos, los rosarios, son el único recuerdo amargo, el de escuchar a las tías repetir letanías que terminé por aprender y corear con desgano. Me doy cuenta que pese a que no lo quise ver, eran justamente esos momentos los que articulaban la realidad de La Casa, los que hacían que aprendiéramos más que leer y construir nuestros propios juguetes, aprender lo que era la vida y cómo debíamos comportarnos. Eran los momentos en que veíamos a los vecinos y se constituían las actividades barriales como adornar la calle y solicitar a los de la basura que llegaran a ciertas horas, así como otras cosas que jamás averigüé. Eran los momentos religiosos los que daban la oportunidad de organizarse, y La Casa era el punto estratégico, el confluir no sólo de la familia sino del barrio y era a través de las fechas religiosas que se podía construir ese espacio comunitario. Era mi abuela ese eje que articulaba las actividades y las reglas, y aunque no recuerdo haber vivido allí, también es el eje de los recuerdos de mis propios espacios infantiles, que pese a alejarme como anatema y de manera intencionada de esa moral aprendida, y de no seguir la ética marcada por aquello que recuerdo con un buen sabor a chocolate, sigue siendo mi axis mundis en la posterior configuración de mi espacio adulto.
     Mi padre, el hijo consentido de La Casa, me quiso enseñar que el espacio era un mundo inagotable y mi madre me quiso enseñar que el barrio era el lugar de realizar los sueños. Hoy mi padre, fiel a su costumbre, vive lejos y se comunica de vez en vez al celular para preguntar por su nieto y mi madre sigue en su casa y construye en ella todo su cosmos para asomarse de cuando en cuando al mundo de la ciudad sólo para saber si sigue allí, donde la dejó en la juventud. Ante esa paradoja quise saber de ambas posibilidades y me fui lejos, para luego regresar y contrastar el mundo. Hoy todo lo que conozco es un no lugar y mi desarraigo es lo constante. Vivir allá, en tierras lejanas, me hizo sentir un fuereño incómodo, y regresar me hizo sentir aún más lejano de lo que otrora fue mi mundo. Es irreconciliable.
     Las pocas veces que visito a mi tía en su casa, la que fuera La Casa, me siento igual de ajeno. Trato sin lograrlo, de reconstruir los viejos espacios, pero la nueva cochera, el nuevo cuarto, el patio con fuentes y la imprenta de mi tío llenan los lugares de correr y tirarme a ver las nubes. Ya no es La Casa, aunque es un lugar grato, sin embargo, eso afianza mi desarraigo al antiguo barrio, hoy lleno de callejones oscuros con muchachos desconocidos, los mismos de jugar a las escondidillas por las tardes. El no lugar es lo que priva; allí, en mi casa, en la de mi madre, en mi trabajo; sólo lugares de tránsito en los que no puedo quedarme y por eso camino por los adoquines del centro bajo la lluvia, donde siempre hay alguien conocido que saluda con ademán discreto, mientras recuerdo con el paraguas en un brazo y mi hijo en el otro, que observa y va construyendo en su mente los recuerdos de su infancia y sus lugares, los míos que tienen un dulce olor a nostalgia de marionetas, villancicos y pajarillos de cuerda.

Jonatan Gamboa

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