oct 08 2008

La ética católica y el espíritu del barrio

Publicado por Jonatan Gamboa a las 4:18 pm en Cuento

La quieta calle donde el eco dijo ¡tuya es su vida, tuyo es su querer!
Bajo el burlón mirar de las estrellas que con indiferencia hoy me ven volver
Carlos Gardel y Alfredo Le Pera, Volver

 Las lluvias mojando un adoquín terroso con lodo fragante, traen recuerdos más bien secos de la casa de la abuela, los subterfugios para jugar a las canicas y las posadas donde todos ostentaban roles bien definidos –yo era el de la pandereta– con olor de ponche y el sudor de los primos que configuraban mi mundo decembrino año con año.
     Mi espacio era entonces el de la casa, La Casa, si he de decir bien, porque también estaba mi casa, la de dormir con papás y hermano, pero ese era un lugar al que sólo se llegaba de noche por esos años y por lo tanto, el espacio de convivir y aprender a construir teatros de títeres y marionetas, era con la abuela y un muy lejano abuelo que recuerdo fumando en su sillón mientras leía los libros que al final me fueron heredados y que configuraron mi primigenia biblioteca. Los abuelos, sin saberlo, me heredaron un manantial de risas de mi hijo ante el ruido de las hojas rompiéndose tras un breve descuido en mi estudio, paradójico día.
     Luego, el espacio era una casa entonces gigantesca de dos patios y un prohibido techo para tender, del que la abuela contaba trágicas historias de descalabrados y muertes de familiares ignotos, que siempre dudé que existieran. Era también ese espacio un cuartucho al fondo de la casa, que mis padres contaban fue mi primer hogar y que albergaba un tenebroso ropero con dragones que hoy mi madre, ya sin dragones, guarda celosamente en su alcoba lleno de fotos y chácharas inservibles. El espacio era también el de la cancha de tierra a media cuadra, yendo por el callejón, donde ídolos barriales exacerbaban los ánimos del público dominical y luego bebían prohibidos néctares caguameros que fueron causa de las primeras travesuras malintencionadas de los primos.
     Una familia grande y un espacio pequeño pero infinito que se configuraba en frentes de guerra, canchas de fut y básquet, lugar de peregrinos, teatros para las actuaciones familiares –¡cómo las extraño!–, escenarios televisivos donde siempre se tenía que ganar un lugar para ver al Chavo y decenas de transformaciones más que conforman mi añoranza de lo infantil.
     El espacio era ése y no más; pero, ¿para qué más?, eso era todo lo que se necesitaba en cualquier tarde para ver llorar a la abuela con las novelas, para entrar a escondidas al cuarto de mi tío y ver sus escopetas en las paredes, para correr en un circuito interminable hasta la hora en la que los pajarillos de cuerda anunciaban al chocolate caliente y las conchas, para mil fantasías más siempre nuevas, pero con sabor a rutina. Siempre éramos muchos niños ahí, los primos y los vecinos que arrojaban globos con agua desde la azotea de la casa de atrás, pero de los que siempre nos vengábamos al no juntarlos en la cascarita.
     Pero un recuerdo se aviva, el que más, el de las infaltables nueve posadas de peregrinos, cantos y rosarios. Ésos, los rosarios, son el único recuerdo amargo, el de escuchar a las tías repetir letanías que terminé por aprender y corear con desgano. Me doy cuenta que pese a que no lo quise ver, eran justamente esos momentos los que articulaban la realidad de La Casa, los que hacían que aprendiéramos más que leer y construir nuestros propios juguetes, aprender lo que era la vida y cómo debíamos comportarnos. Eran los momentos en que veíamos a los vecinos y se constituían las actividades barriales como adornar la calle y solicitar a los de la basura que llegaran a ciertas horas, así como otras cosas que jamás averigüé. Eran los momentos religiosos los que daban la oportunidad de organizarse, y La Casa era el punto estratégico, el confluir no sólo de la familia sino del barrio y era a través de las fechas religiosas que se podía construir ese espacio comunitario. Era mi abuela ese eje que articulaba las actividades y las reglas, y aunque no recuerdo haber vivido allí, también es el eje de los recuerdos de mis propios espacios infantiles, que pese a alejarme como anatema y de manera intencionada de esa moral aprendida, y de no seguir la ética marcada por aquello que recuerdo con un buen sabor a chocolate, sigue siendo mi axis mundis en la posterior configuración de mi espacio adulto.
     Mi padre, el hijo consentido de La Casa, me quiso enseñar que el espacio era un mundo inagotable y mi madre me quiso enseñar que el barrio era el lugar de realizar los sueños. Hoy mi padre, fiel a su costumbre, vive lejos y se comunica de vez en vez al celular para preguntar por su nieto y mi madre sigue en su casa y construye en ella todo su cosmos para asomarse de cuando en cuando al mundo de la ciudad sólo para saber si sigue allí, donde la dejó en la juventud. Ante esa paradoja quise saber de ambas posibilidades y me fui lejos, para luego regresar y contrastar el mundo. Hoy todo lo que conozco es un no lugar y mi desarraigo es lo constante. Vivir allá, en tierras lejanas, me hizo sentir un fuereño incómodo, y regresar me hizo sentir aún más lejano de lo que otrora fue mi mundo. Es irreconciliable.
     Las pocas veces que visito a mi tía en su casa, la que fuera La Casa, me siento igual de ajeno. Trato sin lograrlo, de reconstruir los viejos espacios, pero la nueva cochera, el nuevo cuarto, el patio con fuentes y la imprenta de mi tío llenan los lugares de correr y tirarme a ver las nubes. Ya no es La Casa, aunque es un lugar grato, sin embargo, eso afianza mi desarraigo al antiguo barrio, hoy lleno de callejones oscuros con muchachos desconocidos, los mismos de jugar a las escondidillas por las tardes. El no lugar es lo que priva; allí, en mi casa, en la de mi madre, en mi trabajo; sólo lugares de tránsito en los que no puedo quedarme y por eso camino por los adoquines del centro bajo la lluvia, donde siempre hay alguien conocido que saluda con ademán discreto, mientras recuerdo con el paraguas en un brazo y mi hijo en el otro, que observa y va construyendo en su mente los recuerdos de su infancia y sus lugares, los míos que tienen un dulce olor a nostalgia de marionetas, villancicos y pajarillos de cuerda.

Jonatan Gamboa

4 comentarios

4 comentarios en “La ética católica y el espíritu del barrio”

  1. Lizel 21 oct 2008 a las 9:28 pm

    Destilas melancolía a borbotones al describir el espitritu del barrio; aunque no me queda del todo clara la ética católica. Sigue subiendo cositas…

  2. Jonatan Gamboael 22 oct 2008 a las 9:44 am

    Muchas gracias por tu comentario mi querida Liz. La ética católica está por ahí tras el espíritu, en las posadas y en la enseñanza y repetición de conductas a través de lo religioso. Pero qué importa, un texto narrativo nunca debe de ser explicado. Abrazos.

  3. Lilia Ávalosel 15 oct 2009 a las 5:39 pm

    Las añoranzas y los ciclos, presentes continuamente en sus escritos. Y es precisamente lo que articula esta narración, volviendo a empezar con el hijo al lado y la temporada de lluvia. Va a reverdecer, pero la cosecha no será la que fue. Me recordó la canción “¿A dónde van?” de Silvio Rodríguez.

  4. Jonatan Gamboael 15 oct 2009 a las 6:57 pm

    Gracias Lilia. Así era a intención, la circularidad de la vida.

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